miércoles, 4 de abril de 2018

Hipérboles en un poema triste

Había una vez un niño que vivió en una burbuja de posibles exageraciones abrumadoras para su vida, aunque cruciales y necesarias para la persona en que se convirtió. En mas de una ocasión Esthér le dijo, como a los 12 años la primera vez, que todas sus molestias musculares (espalda y cuello) eran porque se preocupaba demasiado, que no debía que su mamá estaría bien y que tenía que estar haciendo cosas de acuerdo a su edad. Pero no podía, nunca pudo evitar sentir su dolor y su soledad, y no solo los de ella. A menudo se encontraba empatizando con gente que sufría, entre mas cercana la persona, mas empatía, al punto a veces de sentir como suyo su dolor. Y sé que encaja perfecto con un cualquier perfil maníaco-depresivo. Tal vez lo es, pero ni importa porque acepta también las cosas buenas que la vida le dio. Tantas y tan significativas como importantes y que, mezcladas en todo su ser resultaron en quien es hoy, en quien que pudo vivir con la frente en alto y ver a quien fuere a la cara sin vergüenza y sin deber explicación alguna ni nada, sin que se le note todo ese peso que carga y todo el dolor que lleva en sí. Habiendo tenido que ser feliz a pesar de dicha carga que no puede, no debe, ni olvidara nunca porque es parte de él. Tal vez todo esos sentimientos vistos desde afuera parezcan mas simples, como exagerados por quien los vive, como hipérboles en un poema triste y tampoco importa, pero bien al final te dice que está aquí de pie, que le da gusto que la vida o quizás el mismo se preparó para la verdadera prueba que sería cargar con su estupidez y su propio dolor, que con gusto cargaría con el en lugar de cualquier otro de sus cercanos, y que al final del día,  que hoy es feliz.
Ese niño era yo.


P.D. comencé a escribir esto hace 8 años, un año después del evento que sera siempre el catalizador de mis sentimientos y lo cierro hoy a manera de catarsis temporal.

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