Todo ese tiempo creyendo que un día la vida iba a ser dulce. Cuando solamente recordaba amargura.
¡Que chingue a su madre el destino! Dije para mí mismo, pues había allí también un semblante triste y solitario. Casi como yo.
Fuí otra persona por una noche, para poder ser yo libremente, finalmente, eternamente, cuando ella llegara a conocerme.
Dejé de especular con el destino y tome dos o tres píldoras de acción. Un día atípico caí sin querer en aquel pozo, y resulta que en el pantano creció una flor. Más no era a fin de cuentas un mal lugar, era el final del arcoiris y yo encontré el tesoro.
Y aquí estoy ahora.
Desde entonces nada importa. Soy un millonario casi nihilista que no tiene en que caerse muerto, pero con muchas ganas de vivir. El mundo sigue siendo gris pero la vida ya no, porque tengo acuarelas para pintar y colorear lo que sea. Porque tengo la flor, porque me detuve a pensar en que la lluvia a veces es inconveniente pero igual es una bendición, y el destino no sucede solo ni se mantiene solo, hay que luchar cada día por él.